LA MALDICIÓN DEL RÍO DE JALATLACO

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«Hay lugares donde el tiempo se detuvo por voluntad de los hombres… y otros donde fue el miedo quien lo obligó a detenerse.»

EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Expediente 002 INSTINTO

Quien camina hoy por las calles de Jalatlaco encuentra un barrio lleno de color.

Las fachadas pintadas con tonos vivos reciben a turistas que buscan fotografías perfectas. Los cafés permanecen abiertos hasta entrada la noche. Las bugambilias cuelgan sobre los muros de adobe como si el tiempo hubiera decidido instalarse allí para siempre.

Pero los vecinos más viejos saben una verdad que rara vez cuentan.

El barrio no siempre fue así.

Mucho antes de que existieran los restaurantes, los hoteles y las galerías de arte, un río oscuro atravesaba aquellas tierras.

No era un río particularmente grande.

Sin embargo…

Nadie permanecía cerca de él después del anochecer.

No porque el agua creciera.

Sino porque, según decían los ancianos, el río parecía despertar cuando el resto del pueblo dormía.

Los primeros relatos comenzaron mucho antes de que hubiera registros escritos.

Un pastor afirmó haber visto a una mujer caminar sobre la corriente sin hundirse.

Un arriero juró que una sombra caminó junto a su caballo durante más de un kilómetro, aunque jamás logró verla directamente.

Un niño desapareció durante una tormenta.

Cuando lo encontraron, horas después, permanecía inmóvil sobre la orilla.

No lloraba.

No hablaba.

Solo repetía una frase con la mirada perdida.

—No abran los ojos cuando el agua les hable…

Nunca volvió a pronunciar otra palabra.

Con el paso de los años, los entierros comenzaron a multiplicarse.

Los habitantes ya no hablaban de accidentes.

Hablaban de llamados.

Decían que, durante las madrugadas lluviosas, el río emitía un murmullo parecido al de una multitud rezando al mismo tiempo.

Quien escuchaba aquel sonido terminaba acercándose sin darse cuenta.

Algunos despertaban con los pies dentro del agua.

Otros jamás regresaban.

Fue entonces cuando el párroco de San Matías Jalatlaco comenzó a preocuparse.

Era un hombre culto.

No creía en supersticiones.

Atribuía las historias al miedo, a la ignorancia y a las noches interminables de tormenta.

Hasta que soñó.

En el sueño caminaba solo por la ribera.

El agua permanecía completamente inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Como un espejo negro.

De pronto, una voz surgía desde las profundidades.

No era masculina.

No era femenina.

Era antigua.

Tan antigua que parecía existir desde antes del primer hombre.

—Vendrás conmigo…

El sacerdote despertó empapado en sudor.

Tres noches después…

Alguien golpeó violentamente la puerta de la iglesia.

Un campesino suplicaba ayuda.

—Padre… un hombre está muriendo del otro lado del río…

Necesita los santos óleos.

El sacerdote recordó el sueño.

Durante unos segundos pensó en negarse.

Pero un hombre de fe no abandona a quien agoniza.

Tomó el crucifijo.

Las escrituras.

El aceite bendito.

Y salió.

La lluvia comenzaba a caer.

Al acercarse al río comprendió por qué nadie quería cruzarlo de noche.

No hacía ruido.

Ni una sola corriente.

Ni una sola ola.

Era como mirar un inmenso cristal oscuro.

Entonces ocurrió.

Algo emergió lentamente bajo la superficie.

No era un pez.

No era un tronco.

Era una silueta.

Después otra.

Y otra más.

Decenas de rostros comenzaron a dibujarse debajo del agua.

Todos observándolo.

Sin pestañear.

Sin respirar.

Como si llevaran siglos esperándolo.

El sacerdote continuó rezando.

Cada palabra parecía hacer retroceder aquellas figuras.

Pero la voz volvió.

Esta vez mucho más cerca.

—Tú no puedes bendecir lo que nació antes que tu Dios…

El viento desapareció.

La lluvia dejó de caer.

Hasta los grillos enmudecieron.

Solo existía aquella oscuridad líquida.

El sacerdote levantó el crucifijo.

Y pronunció una maldición.

No contra los hombres.

Sino contra el propio río.

—Jamás volverás a reclamar otra alma.

Dicen que el agua comenzó a hervir.

Que un grito imposible sacudió todo el valle.

Y que, desde aquella madrugada, el río jamás volvió a verse igual.

Con los años fue cubierto.

Desviado.

Sepultado bajo calles y construcciones.

La ciudad creció sobre él.

Como si quisiera olvidar que alguna vez existió.

Pero hay cosas…

Que no desaparecen solo porque se cubran con piedra.

Los habitantes más ancianos de Jalatlaco conservan una costumbre.

Cuando llueve de madrugada y el agua corre entre los adoquines…

Cierran puertas y ventanas.

Apagan las luces.

Y esperan.

Porque dicen que, si uno presta suficiente atención, puede escuchar un murmullo debajo del empedrado.

No viene del viento.

No viene del drenaje.

Viene del antiguo río.

Como si siguiera fluyendo bajo el barrio…

Esperando que alguien responda al llamado que el sacerdote intentó silenciar hace siglos.

Y si alguna noche visitas Jalatlaco durante una tormenta…

Hazte un favor.

Si escuchas que alguien pronuncia tu nombre desde el agua…

No respondas.

Porque los viejos del barrio aseguran que quien contesta una sola vez…

Nunca vuelve a caminar solo.

Esta historia está inspirada en la tradición oral de Jalatlaco y en la leyenda sobre la maldición del antiguo río. Se presenta como una narración literaria basada en ese folclore, no como un relato histórico comprobado.

EPÍLOGO

Los viejos de Jalatlaco dicen que el río desapareció de la superficie…

Pero nunca dejó de correr.

Cuando la lluvia golpea el empedrado y las calles quedan en silencio, algunos aseguran escuchar un murmullo bajo sus pies.

No todos lo oyen.

Solo aquellos a quienes el río ya conoce.

Si alguna vez visitas Jalatlaco durante una tormenta y sientes que alguien pronuncia tu nombre…

No mires hacia abajo.

Porque hay llamadas que no vienen de este mundo.

Expediente 002: Permanecerá abierto.
EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Una serie documental de tradición oral
Investigación y adaptación: Frank Santiago

2 Comentarios

  1. todo es verdad solo lo del padre no fue así sino k sí es verdad habia un moribundo el sacerdote tomo la hostia y el caliz para llevar él cuerpo de cristo pero al crusar el rio resbaló y cayó al agua llevandose él sacramento y él padre antes de morir maldijo al río maldito seas por siempre le dijo por eso pesa esa maldicion sobre el río cuándo escarbaron para entubarlo encontraron el copon y los demas sacramentos k el padre llevaba se los entregaron al sacerdote k estaba en ese momento y ahí permanecen esa es la historia del sacerdote k se lo llevó el rio

    • ¡Gracias por compartir esta versión! 🙏

      Las leyendas de Oaxaca viven justamente de eso: de las historias que pasan de generación en generación y que cada familia conserva con sus propios detalles.

      La versión del sacerdote, la hostia y el cáliz es una de las más conocidas entre quienes han escuchado la historia del antiguo río de Jalatlaco. Estos relatos son los que mantienen viva la memoria de nuestros pueblos.

      Gracias por aportar a este archivo de historias que se niegan a desaparecer. 👁️🌧️

🗣️ Oaxaca Opina

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