«Hay noches en las que la ciudad duerme… y otras en las que alguien continúa haciendo su ronda aunque ya no pertenezca al mundo de los vivos.»
EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Expediente 003 · INSTINTO
Mucho antes de que Oaxaca conociera la electricidad, cuando las calles quedaban sumergidas en una oscuridad que hoy resulta difícil imaginar, había hombres cuya presencia era lo único que separaba la noche del silencio absoluto.
Los llamaban serenos.
Recorrían las calles cuando todos dormían.
Llevaban una escalera al hombro, una pequeña alcuza y un farol.
Encendían las lámparas de aceite una por una y, después, continuaban su ronda.
A medianoche anunciaban la hora y el estado del cielo.
Su voz atravesaba las calles vacías.
—Las doce… y todo sereno…
Después, el silencio.
Y cuando aquella voz se alejaba, los habitantes sabían que alguien seguía vigilando.
Aquella noche, sin embargo…
el sereno no llegaría al amanecer.
La noche había caído pesada sobre Oaxaca.
El cielo estaba cubierto por nubes tan densas que ni la luna ni las estrellas conseguían atravesarlas.
Las calles estaban desiertas.
Las puertas permanecían cerradas.
Las ventanas, oscuras.
Solo algunas lámparas de aceite temblaban en las esquinas, proyectando sombras deformes sobre los muros.
A lo lejos se escucharon las campanadas de la Catedral.
Una.
Dos.
Tres…
Hasta completar las doce.
Entonces, como ocurría cada noche, una voz rompió la oscuridad.
—¡Las doce… y nubladooooo!
La voz se perdió entre las calles.
Unos segundos después llegó otra.
Más distante.
Luego otra.
Y otra.
Como si la ciudad entera respondiera desde las sombras.
Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los serenos alcanzó a explicar.
Después del último pregón…
se escuchó un grito.
No fue un grito cualquiera.
Fue un grito humano.
Largo.
Agudo.
Desesperado.
—¡AAAY!
Los perros comenzaron a ladrar.
Algunas ventanas se iluminaron.
Pero nadie salió.
En aquella época, cuando la noche pertenecía a la oscuridad, los habitantes sabían que había sonidos que era mejor no investigar.
El grito volvió a escucharse.
Esta vez más débil.
Después…
nada.
Unos minutos más tarde, una figura apareció corriendo por una de las calles.
Llevaba un farol.
La pequeña llama oscilaba violentamente con cada movimiento.
Pero había algo extraño en aquel hombre.
No parecía correr.
Parecía deslizarse.
Atravesó las calles sin detenerse.
Llegó hasta el templo del Marquesado y comenzó a golpear la puerta del curato.
Una vez.
Dos.
Tres.
Los golpes se hicieron cada vez más desesperados.
Finalmente, el sacerdote abrió.
—¿Quién eres?
El hombre respiraba con dificultad.
—Padre… tiene que venir conmigo.
—¿Qué sucede?
—Han apuñalado a un hombre.
El sacerdote permaneció inmóvil.
—¿Dónde?
—En el callejón.
—¿Está vivo?
El hombre levantó lentamente el farol.
—Todavía.
Hubo un silencio.
—Quiere confesarse —añadió—. Dice que no puede morir sin hacerlo.
El sacerdote tomó su abrigo.
Antes de salir preguntó:
—¿Por qué no llamaste al sacerdote de la zona?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Porque…
Miró hacia la oscuridad.
—Él preguntó por usted.
Caminaron juntos.
El sacerdote llevaba su cruz.
El hombre llevaba el farol.
Atravesaron calles cada vez más solitarias.
A medida que se alejaban de la iglesia, las luces fueron desapareciendo.
Hasta que solo quedó aquella pequeña llama.
El sacerdote caminaba detrás.
Y mientras avanzaban comenzó a notar algo.
No escuchaba los pasos de su acompañante.
Solo los suyos.
Tac.
Tac.
Tac.
El hombre iba delante…
pero no hacía ruido.
El sacerdote estuvo a punto de preguntarle por qué.
Entonces vio el callejón.
Y comprendió.
A mitad del camino había un hombre tendido en el suelo.
Boca arriba.
Su capa estaba empapada.
Una mano descansaba sobre el pecho.
La otra permanecía extendida hacia la oscuridad.
El sacerdote se arrodilló.
—Hijo…
El moribundo abrió los ojos.
Respiraba con dificultad.
—Padre…
—Estoy aquí.
—Escúcheme.
Y comenzó la confesión.
Fue larga.
Tan larga que el sacerdote perdió la noción del tiempo.
El hombre hablaba entrecortadamente.
A veces guardaba silencio.
A veces parecía quedarse sin aire.
Pero continuaba.
Como si necesitara sacar de su interior algo que había estado esperando demasiado tiempo.
El sacerdote escuchaba.
Preguntaba.
Rezaba.
Y volvía a escuchar.
Mientras tanto, afuera…
el hombre del farol esperaba.
Finalmente, el moribundo terminó.
El sacerdote pronunció las palabras de absolución.
El hombre cerró los ojos.
Su respiración se hizo más lenta.
Una vez.
Dos.
Y después…
nada.
El sacerdote permaneció unos segundos inclinado sobre él.
—Hijo…
No respondió.
Había muerto.
El sacerdote se incorporó.
Entonces recordó al hombre que lo había llevado hasta allí.
—¡Buen hombre!
Silencio.
—¡Sereno!
Nada.
El sacerdote salió del callejón.
—¿Dónde estás?
No obtuvo respuesta.
Solo encontró el farol.
Estaba en el suelo.
La llama seguía encendida.
El sacerdote lo tomó.
Y entonces regresó junto al cadáver.
Quizá fue curiosidad.
Quizá fue una última preocupación.
Quizá simplemente quería saber quién era aquel hombre al que acababa de confesar.
Levantó el farol.
La luz tembló sobre el rostro del muerto.
El sacerdote se quedó inmóvil.
Porque aquel rostro…
ya lo había visto.
No minutos antes.
No durante la confesión.
Sino unos instantes atrás.
En la puerta del curato.
Era el mismo hombre.
El mismo rostro.
La misma ropa.
La misma capa.
El mismo farol.
El hombre que había llegado a buscarlo…
era el hombre que ahora yacía muerto frente a él.
El sacerdote retrocedió.
Miró nuevamente el cadáver.
Luego la oscuridad.
Después el farol.
Y comprendió algo que hizo que la sangre se le helara.
Había caminado con un muerto.
Había seguido a un muerto.
Y ese muerto…
había ido a buscar al sacerdote para escuchar su propia confesión.
El sacerdote regresó al curato.
No volvió caminando.
Corrió.
Durante varios días permaneció enfermo.
La fiebre lo consumió.
Y cuando finalmente se recuperó, algo había cambiado.
Había perdido completamente la audición de un oído.
Precisamente…
el oído con el que había escuchado aquella confesión.
Nunca volvió a explicar qué había escuchado aquella noche.
Nunca reveló los pecados que el muerto confesó.
Y quizá esa fue la parte más inquietante.
Porque durante el resto de su vida, cada vez que alguien le preguntaba qué había ocurrido aquella noche…
el sacerdote simplemente guardaba silencio.
Como si hubiera escuchado algo que un hombre vivo no debía escuchar.
Con el tiempo, aquel lugar comenzó a ser conocido como El Callejón del Muerto.
Las versiones de la leyenda cambiaron con los años.
Los nombres desaparecieron.
Las calles cambiaron.
Los faroles dejaron de iluminar las noches.
Y los serenos desaparecieron de Oaxaca.
Pero la historia permaneció.
Algunas versiones dicen que, después de medianoche, todavía podía escucharse una voz recorriendo las calles.
Una voz que anunciaba la hora.
Una voz que parecía venir desde muy lejos.
Y algunas personas aseguraban haber visto una pequeña luz avanzando lentamente por el callejón.
Un farol.
Nada más.
EPÍLOGO
Hoy, la ciudad es otra.
Hay electricidad.
Automóviles.
Restaurantes.
Turistas.
Música.
Luces.
Pero hay lugares donde el pasado parece resistirse a desaparecer.
Y quienes conocen esta historia dicen que existe una regla que los habitantes más antiguos jamás olvidaron:
si alguna noche caminas solo por las calles de Oaxaca y ves un farol acercándose por detrás… no te vuelvas.
No importa si escuchas pasos.
No importa si alguien pronuncia tu nombre.
Y, sobre todo…
no respondas cuando una voz te pregunte la hora.
Porque quizá no sea alguien que esté haciendo su ronda.
Quizá sea alguien que todavía está buscando al sacerdote.
Quizá todavía no ha terminado de contar su confesión.
Y quizá…
después de tantos años…
todavía está buscando a alguien que quiera escucharla.
EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Una serie documental de tradición oral.
EXPEDIENTE 003
Estado: ABIERTO
Esta narración es una adaptación literaria basada en versiones de la tradición oral oaxaqueña. Entre las fuentes consultadas se encuentra Tradiciones y Leyendas Oaxaqueñas, de José María Bradomín, además de recopilaciones posteriores de la leyenda.
Investigación y adaptación: Frank SantiagoEL CALLEJÓN DEL MUERTO
«Hay noches en las que la ciudad duerme… y otras en las que alguien continúa haciendo su ronda aunque ya no pertenezca al mundo de los vivos.»
EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Expediente 003 · INSTINTO
Mucho antes de que Oaxaca conociera la electricidad, cuando las calles quedaban sumergidas en una oscuridad que hoy resulta difícil imaginar, había hombres cuya presencia era lo único que separaba la noche del silencio absoluto.
Los llamaban serenos.
Recorrían las calles cuando todos dormían.
Llevaban una escalera al hombro, una pequeña alcuza y un farol.
Encendían las lámparas de aceite una por una y, después, continuaban su ronda.
A medianoche anunciaban la hora y el estado del cielo.
Su voz atravesaba las calles vacías.
—Las doce… y todo sereno…
Después, el silencio.
Y cuando aquella voz se alejaba, los habitantes sabían que alguien seguía vigilando.
Aquella noche, sin embargo…
el sereno no llegaría al amanecer.
La noche había caído pesada sobre Oaxaca.
El cielo estaba cubierto por nubes tan densas que ni la luna ni las estrellas conseguían atravesarlas.
Las calles estaban desiertas.
Las puertas permanecían cerradas.
Las ventanas, oscuras.
Solo algunas lámparas de aceite temblaban en las esquinas, proyectando sombras deformes sobre los muros.
A lo lejos se escucharon las campanadas de la Catedral.
Una.
Dos.
Tres…
Hasta completar las doce.
Entonces, como ocurría cada noche, una voz rompió la oscuridad.
—¡Las doce… y nubladooooo!
La voz se perdió entre las calles.
Unos segundos después llegó otra.
Más distante.
Luego otra.
Y otra.
Como si la ciudad entera respondiera desde las sombras.
Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los serenos alcanzó a explicar.
Después del último pregón…
se escuchó un grito.
No fue un grito cualquiera.
Fue un grito humano.
Largo.
Agudo.
Desesperado.
—¡AAAY!
Los perros comenzaron a ladrar.
Algunas ventanas se iluminaron.
Pero nadie salió.
En aquella época, cuando la noche pertenecía a la oscuridad, los habitantes sabían que había sonidos que era mejor no investigar.
El grito volvió a escucharse.
Esta vez más débil.
Después…
nada.
Unos minutos más tarde, una figura apareció corriendo por una de las calles.
Llevaba un farol.
La pequeña llama oscilaba violentamente con cada movimiento.
Pero había algo extraño en aquel hombre.
No parecía correr.
Parecía deslizarse.
Atravesó las calles sin detenerse.
Llegó hasta el templo del Marquesado y comenzó a golpear la puerta del curato.
Una vez.
Dos.
Tres.
Los golpes se hicieron cada vez más desesperados.
Finalmente, el sacerdote abrió.
—¿Quién eres?
El hombre respiraba con dificultad.
—Padre… tiene que venir conmigo.
—¿Qué sucede?
—Han apuñalado a un hombre.
El sacerdote permaneció inmóvil.
—¿Dónde?
—En el callejón.
—¿Está vivo?
El hombre levantó lentamente el farol.
—Todavía.
Hubo un silencio.
—Quiere confesarse —añadió—. Dice que no puede morir sin hacerlo.
El sacerdote tomó su abrigo.
Antes de salir preguntó:
—¿Por qué no llamaste al sacerdote de la zona?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Porque…
Miró hacia la oscuridad.
—Él preguntó por usted.
Caminaron juntos.
El sacerdote llevaba su cruz.
El hombre llevaba el farol.
Atravesaron calles cada vez más solitarias.
A medida que se alejaban de la iglesia, las luces fueron desapareciendo.
Hasta que solo quedó aquella pequeña llama.
El sacerdote caminaba detrás.
Y mientras avanzaban comenzó a notar algo.
No escuchaba los pasos de su acompañante.
Solo los suyos.
Tac.
Tac.
Tac.
El hombre iba delante…

pero no hacía ruido.
El sacerdote estuvo a punto de preguntarle por qué.
Entonces vio el callejón.
Y comprendió.
A mitad del camino había un hombre tendido en el suelo.
Boca arriba.
Su capa estaba empapada.
Una mano descansaba sobre el pecho.
La otra permanecía extendida hacia la oscuridad.
El sacerdote se arrodilló.
—Hijo…
El moribundo abrió los ojos.
Respiraba con dificultad.
—Padre…
—Estoy aquí.
—Escúcheme.
Y comenzó la confesión.
Fue larga.
Tan larga que el sacerdote perdió la noción del tiempo.
El hombre hablaba entrecortadamente.
A veces guardaba silencio.
A veces parecía quedarse sin aire.
Pero continuaba.
Como si necesitara sacar de su interior algo que había estado esperando demasiado tiempo.
El sacerdote escuchaba.
Preguntaba.
Rezaba.
Y volvía a escuchar.
Mientras tanto, afuera…
el hombre del farol esperaba.
Finalmente, el moribundo terminó.
El sacerdote pronunció las palabras de absolución.
El hombre cerró los ojos.
Su respiración se hizo más lenta.
Una vez.
Dos.
Y después…
nada.
El sacerdote permaneció unos segundos inclinado sobre él.
—Hijo…
No respondió.
Había muerto.
El sacerdote se incorporó.
Entonces recordó al hombre que lo había llevado hasta allí.
—¡Buen hombre!
Silencio.
—¡Sereno!
Nada.
El sacerdote salió del callejón.
—¿Dónde estás?
No obtuvo respuesta.
Solo encontró el farol.
Estaba en el suelo.
La llama seguía encendida.
El sacerdote lo tomó.
Y entonces regresó junto al cadáver.
Quizá fue curiosidad.
Quizá fue una última preocupación.
Quizá simplemente quería saber quién era aquel hombre al que acababa de confesar.
Levantó el farol.
La luz tembló sobre el rostro del muerto.
El sacerdote se quedó inmóvil.
Porque aquel rostro…
ya lo había visto.
No minutos antes.
No durante la confesión.
Sino unos instantes atrás.
En la puerta del curato.
Era el mismo hombre.
El mismo rostro.

La misma ropa.
La misma capa.
El mismo farol.
El hombre que había llegado a buscarlo…
era el hombre que ahora yacía muerto frente a él.
El sacerdote retrocedió.
Miró nuevamente el cadáver.
Luego la oscuridad.
Después el farol.
Y comprendió algo que hizo que la sangre se le helara.
Había caminado con un muerto.
Había seguido a un muerto.
Y ese muerto…
había ido a buscar al sacerdote para escuchar su propia confesión.
El sacerdote regresó al curato.
No volvió caminando.
Corrió.
Durante varios días permaneció enfermo.
La fiebre lo consumió.
Y cuando finalmente se recuperó, algo había cambiado.
Había perdido completamente la audición de un oído.
Precisamente…
el oído con el que había escuchado aquella confesión.
Nunca volvió a explicar qué había escuchado aquella noche.
Nunca reveló los pecados que el muerto confesó.
Y quizá esa fue la parte más inquietante.
Porque durante el resto de su vida, cada vez que alguien le preguntaba qué había ocurrido aquella noche…
el sacerdote simplemente guardaba silencio.
Como si hubiera escuchado algo que un hombre vivo no debía escuchar.
Con el tiempo, aquel lugar comenzó a ser conocido como El Callejón del Muerto.
Las versiones de la leyenda cambiaron con los años.
Los nombres desaparecieron.
Las calles cambiaron.
Los faroles dejaron de iluminar las noches.
Y los serenos desaparecieron de Oaxaca.
Pero la historia permaneció.
Algunas versiones dicen que, después de medianoche, todavía podía escucharse una voz recorriendo las calles.
Una voz que anunciaba la hora.
Una voz que parecía venir desde muy lejos.
Y algunas personas aseguraban haber visto una pequeña luz avanzando lentamente por el callejón.
Un farol.
Nada más.
EPÍLOGO
Hoy, la ciudad es otra.
Hay electricidad.
Automóviles.
Restaurantes.
Turistas.
Música.
Luces.
Pero hay lugares donde el pasado parece resistirse a desaparecer.
Y quienes conocen esta historia dicen que existe una regla que los habitantes más antiguos jamás olvidaron:
si alguna noche caminas solo por las calles de Oaxaca y ves un farol acercándose por detrás… no te vuelvas.
No importa si escuchas pasos.
No importa si alguien pronuncia tu nombre.
Y, sobre todo…
no respondas cuando una voz te pregunte la hora.
Porque quizá no sea alguien que esté haciendo su ronda.
Quizá sea alguien que todavía está buscando al sacerdote.
Quizá todavía no ha terminado de contar su confesión.
Y quizá…
después de tantos años…
todavía está buscando a alguien que quiera escucharla.
EL ARCHIVO PROHIBIDO DE OAXACA
Una serie documental de tradición oral.
EXPEDIENTE 003
Estado: ABIERTO
Esta narración es una adaptación literaria basada en versiones de la tradición oral oaxaqueña. Entre las fuentes consultadas se encuentra Tradiciones y Leyendas Oaxaqueñas, de José María Bradomín, además de recopilaciones posteriores de la leyenda.
Investigación y adaptación: Frank Santiago
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